La reeducación deportiva, una cuestión de Estado en Argentina y Uruguay
Santiago Delgado La victoria emborracha, o puede emborrachar. La derrota segrega hiel, o puede segregar. Ambos extremos son nocivos. La mayoría de las personas saben ganar y saben perder, aunque la procesión vaya por dentro. Restregar la victoria por el rostro del vencido es algo que no alcanza los niveles morales mínimos. Responder con la violencia tras perder ante el vencedor es deleznable, cuando menos. Y digno de ser castigado con severidad por las leyes o normas deportivas. Junto a tales dos conductas, se juntan en perfecta combinación, la costumbre imparable de hacer trampas, y actuar de manera antirreglamentaria, sin ningún rubor. Y, además, hacerlo por sistema, e incluso como marca personal de juego. Todo ello con un árbitro amedrentado. Es obvio, ya desde el mismo título de aquesta prosa, que me refiero a las conduc...



