La izquierdísima y el pueblo
La izquierda cree, o quiere creer, que
el pueblo es la izquierda. Sólo la izquierda. Y que todo el resto es antipueblo.
Virus y parásitos que infectan el cuerpo sano del pueblo, que es la izquierda. Por
eso, no tienen problema de conciencia alguno en alterar elecciones, dar
pucherazos, echar mano de la informática, del voto por correo o de traer nuevos
votantes agradecidos, a los que nacionalizar. Con tal de que no gane el
antipueblo, todo vale; todo.
La izquierda nace totalitaria. El pueblo
no es la derecha (como creían los fascismos de derechas), ni la izquierda de
hoy. El pueblo es un colectivo heterogéneo, que se encarna temporalmente en
unas fuerzas democráticas que tienen asumido que algún día cesarán en el poder.
La temporalidad del ejercicio del poder es asunto básico para la democracia. Gobernar
para, calculadamente, generar voto cautivo que vuelva a votar al gobierno que
le favorece… es fraude democrático que debiera estar contemplado en las
instituciones.
Pero, inherente a la izquierda es el
perpetuarse en el poder los mismos dirigentes, con su correspondiente
remuneración a nivel de empresario de multinacional de economía boyante. Por
otra parte, creerse seguros en el poder, genera tentación de adueñarse del
dinero público. Y, a menudo, caer en esa tentación. “Yo soy el pueblo, y el
dinero del pueblo es mío”, es la frase interior que opera en el subconsciente
del corrupto de izquierdas. El corrupto de derechas, simplemente, roba. Sabe
que roba.
Y ya en el poder, la izquierda procede a
reescribir la Historia. Borra lo que no favorece su interés, y exalta lo que
abunda en la idea de que ello, la izquierda, es la excelencia histórica. El
político no debe escribir la Historia. La Historia la escriben los
historiadores, de uno y otro signo ideológico. Y deber nuestro es leer a los
dos, formando así nuestra idea de la Historia. No vale decir: “es que cuando la
derecha gobernó, escribió su Historia”. Bien, pues si fue así, mal hecho,
aprendamos de ello. La Historia se escribe en una doble página, la de la ideología
de izquierdas y la de la de la ideología de derechas. Hay una tercera página
que se escribe en nuestro cerebro, y que es la nuestra, la de cada uno. Abortar
una interpretación de la Historia es pecado de lesa humanidad. Lo mismo que
borrar la memoria de lo otro en calles, plazas y paisajes del país. Cuanto más
queramos enterrar la “otra” Historia, con más fuerza resurgirá en un futuro inevitable.
Por eso, es saludable dejar lo que está, sin perjuicio de instalar,
físicamente, la Historia alternativa a la que se quiere eliminar.
La izquierda se ha convertido en
izquierdísima con estas premisas. La socialdemocracia es la verdadera izquierda.
Una izquierda que admite cesar en el poder, y que no es derecha. Izquierdísima,
izquierda y derechas; ése el espectro ideológico hoy en Europa. Y, como una nube que los rodea, el pueblo, que es vario,
que es plural, que es diverso, y que únicamente quiere eso: prosperidad; no
progresismo. Quiere desigualdad solidaria; esto es, libertad de empresa y Estado
del Bienestar. El igualitarismo a fortiori es la actual Cuba, ruina,
miseria, hambre y vivir de la caridad internacional.
La izquierdísima no es el pueblo. Es el
verdadero antipueblo. Quiere raptar al verdadero pueblo, que es libre y
cambiante, siempre.

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