Lamento por el himno español en el Mundial
Santiago Delgado
Es inminente ya el comienzo del Mundial
de Fútbol de Selecciones Nacionales. El sucedáneo de la guerra –en principio no
cruenta– en los tiempos modernos. Y volverán los himnos nacionales a sonar
antes de los partidos, mientras los jugadores cantan la letra que los
identifica en tanto que nación. Igual los espectadores compatriotas de los
futbolistas, que aprendieron su himno en la Escuela. Y mi corazón, o mi espíritu,
o qué sé yo de mis adentros no materiales, sentirá esa forma de envidia sana
que es advertir ese fervor siempre ajeno. El himno español sonará en los
acordes de su arreglo musical, mientras las bocas cerradas de los futbolistas
marcarán, en muchos casos respeto obligado, poco sentido, por las notas, que
muchos de ellos no consideran patrias. Mientras, la masa de aficionados
españoles entona el lamentable Lololó, que remeda la letra prohibida, por partidista
decisión de media España, impuesta a la totalidad sumisa.
“La Spagna non ha spirito nationale”,
me dijo un amigo italiano en una circunstancia paralela a la actual, futbolera
incluso. La selección española de futbol sólo es un club de clubes español. No
es, en sentido estricto, una selección nacional. Y eso se nota desde fuera.
La eliminación de la letra de José María Pemán fue un hachazo al sentido
nacional español, que es algo eterno, y no ha de morir, por mucho que quien sea
lo intente. Lo dijo Bismark, el Canciller de Hierro, cuando el candidato alemán
al trono español fue derrotado por la designación de Amadeo de Saboya.
“Es
una letra fascista”, dicen, como si la letra del himno de Riego, supuestamente
republicana, no lo fuese. Todo himno nacional tiende a proclamar la supremacía
propia. Y todos fueron fascistas, en tanto que despreciaban al resto de
naciones. Pero, hoy, el himno, todos los himnos –tampoco el de Pemán– no aspira
a otra cosa que defender y exaltar eso común a todos que es la nación. Los
nacionalismos irredentos son un cáncer de la Historia. Una fuerza que fabrica
energía desde la frustración rencorosa de algunos territorios que no supieron
unirse a la gloria común de todos.
Pero todo esto es Historia. Lo que voy a
sentir yo es envidia no agresiva, antes silenciosa y tenue, cuando escuche a
los italianos gritar “¡Italiá, Italiá, Italiáaa… Italia!”. O a los franceses, en
cualquier estrofa de la Marsellesa. Ahogaré el nudo en la garganta y evitaré
una lágrima de rabia cuando escuche el Lololó penosamente español; por cierto,
sin respetar la repetición de la primera estrofa, y entonando la segunda con un
tiempo de anticipación.
Y eso: “Viva Francia y Viva Italia”;
también las otras naciones, que tienen la normalizada fortuna de poseer letra
aceptada por todos, para su himno nacional. Malhaya, en cambio, para quienes en
España decidieron borrar la letra hispánica de Pemán.

Comentarios
Publicar un comentario