El Guernica, en Madrid siempre
Santiago
Delgado
En el Museo de Bellas Artes de Murcia (MUBAM) hay un bello cuadro, obra del
caravaqueño Tegeo, sobre 1835/1840, acerca de la Guerra de Troya. En dicho
cuadro, de factura completamente neoclásica, se aprecia a un humano, Diomedes,
arrojando su lanza sobre la deidad olímpica de Ares (Marte para romanos). El
dios de la guerra muestra cara de asombro ante el hecho de que un mortal haya
podido herirle, pero todo se explica porque en el mismo cuadro aparece la
empoderada Minerva ayudando al lancero troyano. Todo un atrezzo de guerreros,
aqueos y locales, acompaña la figuración, en la que, al fondo podemos divisar
las altas murallas de Troya.
Es
un cuadro, orgullo del MUBAM, cuya temática tiene un emplazamiento geográfico
exacto: la Troya del siglo XIII antes de Cristo. Actualmente, por aquellos
pagos, se alza la ciudad de Çamukkale, esquina superior izquierda del mapa de
Turquía. Allí tienen un museo, naval, pero eso no importa. Bien, los actuales
troyanos, es decir, los çamukkaleños, tienen el mismo derecho a reclamar ese
cuadro que los actuales vascos tienen a solicitar el Guernica de Picasso; es
decir, ninguno. En ambos casos, la razón, para ellos, es que ese hecho bélico
se libró en sus tierras. Según eso, La Rendición de Breda, debe viajar a
Holanda; la Rendición de los franceses en Bailén, de Casado del Alisal, debe
exponerse en ese pueblo andaluz, y, cómo no, el también cuadro murciano de la
Batalla de Lepanto, de Juan de Toledo y Mateo Gilarte, en la iglesia hoy
jesuita, de Santo Domingo, debe viajar hasta Patrás, en el Golfo del nombre de
la batalla, en Grecia, golfo de Corinto, donde se libró la vera naumaquia
antedicha.
Por
supuesto que los paisanos de la ciudad turca, grande como Cartagena, por
ejemplo, no tienen ninguna veleidad de pedir ese cuadro, ni tampoco ninguno de
los numerosos lienzos que por todo el mundo habrán hecho de aquella guerra por
el derecho de paso a los inmensos trigales de la actual Ucrania, entonces
Cólquide, más o menos. Pero, los vascos, sí; piensan que sí. Tienen síndrome de
irredención perpetua, respecto a España. Profesan la fe de que los españoles
les debemos todo, el cuadro cubista del malagueño Picasso incluido.
Los
técnicos del Museo Reina Sofía, y los mejores del mundo, más que aconsejar,
quieren imponer su decisión de que el cuadro no se mueva; pues sufriría
enormemente, de ser enrollado de nuevo, aun envuelto con los más sofisticados
cuidados habidos hoy en día, y que es de locos trasladarlo; para, a los nueve
meses, volver a enrollarlo y traerlo de nuevo a Madrid. Empero, el gobierno
autonómico vasco insiste en que la voluntad política debe prevalecer sobre la
técnica, mentalidad el siglo XIX. Cada vez tengo menos dudas de que lo
conseguirán. Este gobierno ha cedido en cosas de mayor calado político.
Pero,
el caso es que todavía tengo menos dudas sobre el hecho de que, si se va, el
Guernica no vuelve. Las hordas abertzales harán escudo humano, si es preciso,
para impedir la vuelta. Cosas mayores hemos visto, como la salida de la
multicriminal Anboto a la calle, en libertad falsamente vigilada.
El
Guernica no debe moverse del Reina Sofia, sobran razones, y, más aún, sobra el
explicarlas. Mover el Guernica sería un acto de lesa cultura, de un paletismo y
cutrería nivel infinito.
Pero,
me temo lo peor: el Guernica sufrirá desperfectos irreversibles y no volverá,
si viaja hasta Bilbao.
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