Los dogmas de la izquierda española

 


Santiago Delgado

         El primer dogma, sobre el que se sostiene la Ley de Memoria Democrática, es el de que la Guerra Civil Española (1936-1939) se estableció entre el ejército, por una parte, y todo -TODO- el pueblo español por otra. Toda España era republicana, salvo Franco y los suyos. No, una mayoría española republicana, sino todo el pueblo español.

        Es mentira, la guerra civil fue de la mitad de España contra la otra mitad. Ganó la guerra, naturalmente, la parte que llevaba al ejército en su seno. Y en los dos bandos se hicieron barbaridades contra la vida y los derechos humanos del contrario. Lógicamente, mató más quien ganó la guerra; por eso la ganó. Pero ambos bandos, en la lógica de la reconciliación, tienen derecho a su memoria, histórica, democrática y humana, en definitiva. Ambos bandos; no uno sólo.

        El segundo dogma es el que sostiene que la Segunda República Española fue un dechado de filantropía, progreso, pacifismo, y amor por la humanidad inmejorable. Falso. Desde la misma tarde del 14 de abril de 31, se empezó a asaltar conventos y a quemarlos. Las checas tuvieron más de 3000 muertos y torturados en toda España. Más de 8000 eclesiásticos fueron asesinados, por el mero hecho de serlo. Las sacas y fusilamientos en las afueras de las ciudades fueron habituales. Los 5000 asesinados en Paracuellos…

El gobierno del frente popular nunca entregó las actas de las elecciones de febrero de 1936. Y las que aparecieron mucho después estaban amañadas, burdamente, a mano. Narren otros los excesos de la derecha, en la parte nacional. No los rebatiré. Yo sólo pretendo decir que las barbaridades no conocieron fronteras entre ambos bandos.  La derecha española también tiene derecho a Memoria, Histórica y Democrática.

      El tercer dogma es el de la superioridad moral de la izquierda. Es un dogma, y como tal dogma no admite contestación, ni argumento en contra. Por tanto, desde esa superioridad moral, todo cuanto haga la izquierda es legal, legítimo y constituye, creándola, la verdadera realidad. Cualquier otra pretensión de realidad es la de la derecha antipueblo, antidemócrata y perversa por naturaleza.

        El cuarto dogma es que la verdadera izquierda no deja jamás el poder. Nunca, ni siquiera ante una derrota en las urnas, véase más arriba las elecciones de febrero del 36. Vale todo para ganar esas urnas: voto por correo fraudulento, voto de oriundos, de regularizados y nacionalizados de manera express. Todo eso, si lo hiciera la derecha, sería carne de juzgado. La izquierda, véase el punto anterior, está exenta de tales acusaciones. La evidencia es reaccionaria. Toda evidencia anti-izquierda es, automáticamente, tachada de fascista.

       El quinto dogma es el uso del dinero público para favorecer el voto de izquierdas, para crearlo y para satisfacer los bolsillos de los adictos. Paguita en mano: voto y adhesión seguros. Gobernar, para la izquierda es mirar para la continuidad en el poder. Nunca para otra cosa, salvo graciosa concesión del poder de izquierdas. O coincidencia.

      El sexto dogma es el desprecio de la palabra nación, y de su nombre propio: España. No hay más realidad supraindividual que el Partido, y su jefe supremo. España es nombre abominable. Su Historia es despreciable al completo. Pelayos, cides, conquistadores, santos, héroes… no son sino pilares de la explotación del pueblo por la casta fascista de cada época. La nación española es algo que, tras vilipendiar, hay que olvidar y hacer olvidar, desde la escuela. Y desde todo medio de comunicación.

        Y el séptimo dogma. A todos los disidentes del completo de estos dogmas, se les llamará fachas o fascistas, de manera directa e inclemente. Los gobiernos de izquierdas irán tratando de eliminar a todos los medios de comunicación que no acepten, con entusiasmo, estos dogmas: ¡los definitivos para la humanidad!

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