La última Asamblea de Facultad, PSOE 2016



Santiago Delgado

         Los que fuimos universitarios en las aulas de aquellos setenta, sabemos de qué hablo. Los tentáculos últimos de la oposición clandestina, o no tanto, habían metido en las universidades la consigna que preconizaba posicionar a la Universidad española al completo contra el Régimen de Franco. Y así ocurría que se desertaba de las aulas, y se acudía a los salones de actos o los patios de los campus, para meter bulla contra lo establecido. Yo participé un algo en aquellas algaradas. Lo mínimo. Pero, en ellas, todo era caos, desorden, todos de pie, queriendo hablar a la vez.

        –¿Votamos a ver si votamos?

        Decía uno de fuerte voz. No se concebía votar porque sí, porque alguien lo dijera. Al cabo, salía otra voz:

        –¿Pero ¿qué votamos?

        Y ya no sigo contando, sino que allí era, siempre y por toda España, lo que Cervantes llamó Campo de Agramante. Era la consecuencia lógica de la inmadurez democrática de los universitarios, que la izquierda agitaba, para extraer revolucionarios de las niñerías asamblearias.

      Viene a cuento este preámbulo por el espectáculo, salido ahora a la luz de las pantallas, de la asamblea aquella de 2016 en la sede del PSOE. Fue cuando Sánchez quería que fueran pasando a ir a votar a un cuarto oscuro. En lugar de votar allí; en la sala, tras ser llamados nominalmente, uno a uno y en tranquilidad, ante todos… Sánchez preconizaba pasar a la clandestinidad del voto, escondido y vergonzante. Lo del 2016, repito, fue la edición rediviva de aquellas paleo-asambleas de patio de campus de los 70. Una vergüenza, no ya de partido, sino nacional. Un oprobio para toda esta sociedad. Y, un individuo, Sánchez, que confundía, interesadamente, voto secreto con voto en secreto. Pero, sobre todo, realizado a solas en el adjunto confesionario/almacén de urnas y de sillas, banderas, pancartas, etc… Y un ducho transportador de urnas por pasillos y puertas, dispuesto a su faena. Todo eso, más Susana llorando por allí, con los alborotados compañeros de pie. Y un lúgubre Borrell, un ateo confeso, ordenando a todos votar "como Dios manda".

        Ése era el nivel de educación democrática del actual partido en el gobierno, hace diez años; semejante al de más de media centuria atrás. Claro, que me pregunto si aquello, del 2016, era un modelo de orden y libertad, frente a los comités federales de hoy, en el 26, celebrados a la búlgara, no ya sin votación, sino sin urnas. Y con indicaciones en los tonos y silencios del Jefe Supremo o Gran Timonel, para cuando toca aplaudir. O reírle la ocurrencia al Padre Superior.

        Lo dicho, todos los que allí celebraron aquella ceremonia del 16, no de la confusión, sino de la vergüenza, son los que hoy nos gobiernan. Los de la verdadera y última asamblea universitaria pre-revolucionaria del 73, por ejemplo; sólo que en 2026.

 

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