Las cañas
Santiago
Delgado
Las
cañas son tan naturales a los ríos de estos pagos, como perjudiciales. Para el
ecologismo, no. Para este dogma, todo lo natural prima ante cualquier otro
considerando. Ante el ser humano y su prosperidad, también. Sobre todo, es en
este aspecto donde el dogma ecológico se jacta de primar. Toda imposición a la
naturaleza es anatema para los vaticanos naturistas. Por eso, hay que derribar
pantanos, que no estaban en la evolución geológica del planeta, y hay que
respetar las cañas, que son primigenias en los darwinianos designios. Eso,
quede claro, es el ideal ecologista, no el que preconiza aqueste cronista.
La
prosperidad, que es mejor finalidad que la igualdad, socialmente hablando –según
muchos, entre los cuales me integro– prefiere los pantanos a los cañaverales.
En un país donde el agua sobra, pero está mal repartida, los pantanos, azudes,
presas y demás ingenios hidráulicos son absolutamente necesarios. El agua, junto
al denostado CO2, es la base de la vida. Uno sin otro, son nada. Juntos,
empezando por la función clorofílica, lo son todo. La función clorofílica hace
posible las plantas de las que se alimentan los herbívoros, y los insectos. Y
de ahí hasta llegar a los omnívoros, entre los cuales, quiéranlo o no algunos,
estamos todos los humanos. Y seguiremos estando. La Creación, o la Evolución,
lo han querido así. Por cierto, para muchos, Creación y Evolución son lo mismo;
pero ése es otro tema.
Bien,
pues la ausencia de presas, y la presencia de cañas, junto con la fuerza bruta
de las riadas, avenidas, desbordes, diluvios, etc. son parte muy importante;
aunque no absoluta, de las desgracias como la de finales del pasado octubre en
Valencia. Veamos, las presas destruidas dejan pasar el agua, que, con su
fuerza, arrancan las cañas de cuajo, y forman lo que en Murcia se llaman
“bardomeras”. Éstas son muy sociables, y chocando, chocando con lo que sea, se
juntan y forman barreras. Al principio, el río impetuoso puede con las
bardomeras, pero llega un punto en que no. Y entonces, la corriente se detiene,
pero solo unos instantes, los suficientes como para saltar esas barreras de
cañas, y en ese salto coger más fuerza, pues que ha ganado altura. Y, entonces,
el poder destructivo de la ola aumenta lo indecible.
¿Han
visto la playa al sur de Valencia capital? Las bardomeras arrastradas, vencidas
tras de su efímera victoria, cubren toda la arena, posiblemente y aún se meten
veinte y más metros en el agua, a lo largo de algún km que otro de la playa. Nuevo
desastre que costará un pico y medio limpiar.
La
ideología ecologista se ha impuesto a la realidad fluvial. Y el resultado no ha
sido otro que potenciar la capacidad destructiva del desplome de la gota fría
en minutos sobre la sufrida tierra valenciana. La pérdida hay que medirla en
tanto por ciento del PIB español. No en cifras absolutas.
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